Sucedió en el agua (cap. 1)

21.11.2018

Capítulo 1

CÉSAR

Fue en enero de 1987, época de verano cuando César Ruiz debió enfrentar a la muerte, cara a cara, y todo por culpa de una gorra. Suena ridículo al decirlo así de buenas a primeras, pero aquella gorra de color rosado tenía un significado especial para él.

Varias horas antes de su fatídico encuentro con lo desconocido, su novia le había pasado la gorra pidiéndole que la cuidara mucho en la travesía que emprendía en esos momentos con su tropa del Grupo Scout.

- Tienes que traerla de vuelta -le había dicho Camila y lo besó dulcemente en los labios-. Así que cuídala con tu vida.

Lo que César no imaginó en ese momento era la repercusión que tendría horas más tardes, aquella petición.

Con una gran sonrisa en el rostro, se puso la gorra y corrió hacia sus amigos que lo miraban y le hacían toda clase de bromas y le gritaban a la distancia, mientras lo esperaban.

- Uuuuyyyyy

- Cosita más tieeeerna

César sólo sonrió y cuando llegó junto a sus amigos, hizo una reverencia y agradeció a todos por la atención.

- Lástima que me tengan envidia -había dicho, y las risas no se habían hecho esperar.

Cuatro horas más tarde aún sentía los labios de Camila, posados sobre los suyos. Sin duda ella era la más hermosa entre todas las muchachas de la Compañía, y lo mejor de todo es que él la había conquistado. Todo había iniciado con intercambio de miradas y sonrisas alrededor de una fogata, la noche anterior. Camila se veía hermosa con su camisa color gris y el pañolín colgado alrededor del cuello. Como si aquellos colores combinaran perfectamente con su pelo castaño, y sus ojos almendrados y claros.

A César le gustaba mucho cantar, no tenía mala voz, así que con guitarra en mano había interpretado el tema "Trátame Suavemente", del grupo argentino Soda Estéreo que estaba de moda. Camila amaba esa canción, él lo sabía así que su elección no había sido al azar. La muchacha cantó feliz junto a sus amigas. Luego de eso se acercó para pedirle otra canción y se quedó junto a él. Fue una noche mágica, cantaron, se rieron y luego habían terminado conversando de sus gustos y de las cosas que tenían en común.

Cuando el jefe de campamento hizo sonar su silbato, con el toque de «gran silencio» (que consistía en nueve silbatazos cortos, agrupados en tres, correspondientes a nueve puntos de acuerdo con el código morse), anunciando que todos debían acostarse. Camila y César aún estaban conversado en voz baja. Él se ofreció acompañarla hasta su carpa. La dejó en la puerta y ella estuvo a punto de entrar sin que él se atreviera a darle un beso. Pero en el último instante entendió que no podía dejar pasar la oportunidad. Ella le gustaba desde el primer momento en que la vio llegar al grupo scout. Así que la tomó de la mano y la atrajo hacia él. La miró unos segundos, acarició su rostro y luego la besó tiernamente en los labios. Ella lo aceptó y se dejó llevar. Luego de unos segundos se despidió y entró a la carpa.

César sonrió ahora al recordar aquello. Ya llevaba algunas horas caminando junto a la Tropa del Grupo Scout Andaluz como parte de la actividad que se denominaba Raid (que consistía en ponerse un objetivo de llegada, a muchos kilómetros de distancia y caminar hasta ese punto y luego volver por la misma ruta). Lo importante era no hacer dedo para que te llevaran ya que la gracia de la actividad era precisamente valerte por ti mismo, desplazándote a pie durante todo el trayecto y alimentándote por el camino con los pocos víveres que llevaras en tu mochila. Si era necesario pasar la noche a la intemperie, debías arreglártelas tan sólo con tu saco de dormir. Olvídense de llevar una carpa. Puede parecer ridículo ante los ojos de quiénes no conocen el mundo de los scouts, pero luego de toda esa travesía, después podías vanagloriarte de tu supervivencia, con el resto de tus compañeros y en especial de las guías. La mejor recompensa para él sería un nuevo beso de Camila.

Era entretenido ser scout. Felipe Martínez, su amigo, lo había invitado a unirse al grupo hace dos años ya, y todos los sábados viajaban en la Citroneta un poco destartalada del padre de Felipe. Que en el trayecto se llenaba de amigos que iban también al grupo. A él siempre le tocaba sentarse detrás de los asientos, casi recostado en el pequeño espacio que quedaba, pero le gustaba. Era una aventura viajar así cada sábado. Y jamás se lo contó a sus padres. Ellos se habrían preocupado.

César era un joven de mediana altura, cabello negro y ojos claros. Delgado, pero no tanto. Era quitado de bulla, responsable, obediente. Sus padres lo adoraban porque entendían que era un excelente hijo. Jamás les había puesto un problema y ellos constantemente le hacían ver lo orgullosos que estaban. Por eso nunca le pusieron reparos en sus actividades de scout. Después de todo, pertenecer a un grupo de guías y scouts era genial. Qué mejor que participar de actividades al aire libre y aprender técnicas y reforzar los valores en un grupo en el que todos lo pasaban bien. Reuniéndose cada sábado por las tardes para compartir experiencias, jugar, bailar y prepararse para asistir a diversos campamentos, tanto en invierno como en verano.

César amaba a sus padres y los respetaba. Por eso jamás se ponía en peligro ni les daba motivos de preocupación. La relación que tenía con ellos era fabulosa, muy comunicativa y cercana. Por eso él respondía a ese cariño con notas casi excelentes en la escuela. Ellos le habían enseñado a ser una buena persona y sobre todo a ser responsable y comprometido con su palabra de scout. Su palabra era sagrada y no había nadie que pudiera discutir aquello. Si se comprometía con llevar cooperación para la rifa, la llevaba. Si ofrecía ayudar en el puesto de venta de completos del curso, ahí estaba a primera hora. Definitivamente nadie podía reprocharle nada más que su enfermiza responsabilidad (si se le podía llamar de un modo negativo).

Ya era medio día cuando se detuvieron sobre un puente para mirar el agua bajo él, que se veía no muy torrentoso. Casi parecía estancada, como si fuera una laguna. Sin embargo, contrario a lo que uno podría imaginarse, el agua era cristalina, se podía ver las piedras en el fondo. De seguro no estaba profundo. Había muchas rocas que sobresalían del agua, todas cubiertas de musgo. Y por el costado de ambas orillas estaba lleno de árboles que no dejaba espacio como para caminar. El agua casi tentaba invitándolos a echarse un chapuzón. A lo lejos se escuchaban unos pájaros cantar.

Cuando el suelo bajo los pies comenzó a temblar, todos voltearon hacia su izquierda. Un gran camión venía en sentido contrario a dónde ellos se dirigían. El vehículo pasó a mucha velocidad (algo innecesario). El espectacular sonido del claxon los asustó a todos. El conductor los saludó a través del parabrisas y pasó raudo. Todos respondieron al saludo. Algunos silbaban y otros abanicaban sus brazos. El viento que produjo el camión llegó hasta donde se encontraba César y le arrancó la gorra sin que él pudiera hacer algo por evitarlo. Ante la mirada de asombro de sus compañeros, la gorra se elevó por el aire y luego cayó en picada al agua bajo el puente.

- ¡Te cocinaste! -Alejandro Huerta se reía burlándose. Varios le copiaron en su actitud burlesca-. Camila te va a matar por esa estúpida gorra.

César hizo el ademán de correr, pero el jefe de tropa lo detuvo, se acercó a él y lo quedó mirando. En su rostro se lograba identificar que intentaba aguantarse la risa. Sin embargo, su tono era de seriedad.

- ¿Qué vas a hacer César?

- Cumplir con mi promesa. Dije que cuidaría esa gorra rosada con mi vida y así lo haré.

- César, es sólo una gorra, Camila lo entenderá. Además, no tienes por donde bajar.

César observó unos instantes hacia los dos extremos del puente. Su jefe tenía razón, no había forma de bajar. Al menos una forma que fuera fácil. Pero desde el momento en que esa gorra había volado por el aire, César ya había decidido ir por ella. Así que debía recuperarla.

- Tiene razón -señaló no muy convencido-. No puedo hacer nada.

El jefe de tropa asintió y volteó a mirar a los demás. Ese fue el momento que aprovechó César para correr hasta la orilla que le pareció más asequible y trepó a la baranda del puente. Comenzó a bajar por los fierros sobresalientes que había visto en su rápida observación ante los gritos de su jefatura y sus compañeros. Cuando estuvo a mediana altura no lo pensó dos veces y se lanzó al agua. Nunca se había arriesgado por nada. Ésta sería su primera vez... y la última.

Cuando cayó al agua quedó sumergido hasta un poco más abajo del cinturón. Nada tan terrible. Su deducción había sido acertada. El río no era profundo, pero para no arriesgarse a hundirse de improviso, avanzaba muy lento. Sentía que sus pies se enterraban levemente en el barro, pero no le impedía caminar. El agua estaba helada y a los pocos segundos sintió como si su cuerpo se adormecía. Principalmente las piernas. Por el rabillo del ojo vio fugazmente que algo se había movido a un costado. Volteó a mirar, pero no observó nada extraño. Un calor en la boca del estómago le hizo entender que comenzaba a sentir temor. No tenía idea de qué, pero una pequeña chispa de miedo ya se había alojado en él.

Al mirar hacia arriba el sol lo encandiló, sólo pudo distinguir las siluetas ensombrecidas de sus compañeros que lo alentaban a conseguir su objetivo. Sabía que una vez que saliera del agua le esperaba una reprimenda muy grande de parte de su jefatura, pero estaba dispuesto a aceptarla. Todo fuera por Camila (por la gorra de Camila).

Le quedaban unos dos metros para llegar a la gorra que se había movido lentamente sobre el agua. Fue ese el momento en que aquella cosa avanzó hacia él (más tarde algunos describirían a la policía que desde el puente se veía como una mancha de petróleo, otros como una bolsa de plástico. Algo que, por supuesto las autoridades policiales no tomarían en consideración, desestimando las declaraciones y aludiendo aquella descripción por causa de una histeria colectiva que los había llevado a imaginarse algo así. Ni siquiera tomarían en cuenta que se trataba de quince personas que señalaban lo mismo.)

Al dar un siguiente paso, César sintió que un pie se le hundió en el barro, quedando atascado, sin poder avanzar. Nuevamente el temor, pero ¿De qué?

- ¡Vamos César!

- ¡Tú puedes mi romanticón!

Cada frase que lanzaban desde el puente, le causaba más gracia a César, que no pretendía quedarse tan sólo en el intento. Finalmente llegó a la gorra ante los vítores de todos sus amigos. No le importó que estuviera mojada así que se la puso y alzó las manos en señal de triunfo. El temor seguía ahí, alojado en él.

Algo en frente se movió.

Al mirar hacia delante sólo vio rocas y una especie de bolsa sobre el agua. Nada por qué preocuparse. Sin embargo, el temor no lo abandonaba. Algo extraño le hacía sentirse angustiado. En un instante el miedo se agudizó. Tal vez porque repentinamente al alzar la vista nuevamente, vio que las siluetas de sus amigos agitaban los brazos en señal de desesperación.

- ¡César, sal del agua, rápido!

Aquella orden desde el puente terminó por acrecentar su miedo o tal vez fue que de un momento a otro la bolsa había llegado donde él se encontraba.

Debía salir rápidamente del agua. Pero en su lucha por avanzar velozmente, los pies se le sumergían en el barro, enlenteciéndolo aún más.

El fuerte dolor en su pierna le hizo creer que un tiburón le había mordido. Algo ridículo en un río, sin duda. Su respiración se aceleró. Su corazón comenzó a latir a mil. Su pierna le ardía. Al mirar hacia abajo descubrió que la bolsa que viera un momento antes, se le había adherido (que de cerca ya no parecía una bolsa porque tenía pelos). Sacudió su pierna para intentar quitársela y entonces aquella cosa se movió tan rápido que en un segundo se había enrollado en él hasta la cintura. Su grito fue inevitable. Escuchó que algo o alguien caía al agua cerca de él, tal vez para ayudarle. Miró hacia arriba en el puente, luego hacia un costado, pero no distinguía nada. Su vista se estaba nublando. El dolor era cada vez mayor. Intentó avanzar por el río hasta la orilla, pero podía sentir que aquella cosa lo succionaba.

- ¡Afírmate de esta rama! -le gritó la voz de su jefe a poca distancia.

Ya no veía nada, alzó sus manos para intentar sujetarse de la rama que le señalaban, pero éstas sólo tocaban agua. Chapoteó durante unos segundos por si tenía suerte, pero no lograba tocar ninguna rama. Sintió una nueva succión y el dolor fue mayor. Se imaginó la piel disolviéndose bajo aquella cosa. Con su mano trató de apartarla, pero sólo logró que ésta quedara pegada a lo que lo atacaba. Un nuevo dolor lo envolvió. Sin embargo, en la desesperación logró retirar su mano y el terror se apoderó de él al ver que ésta no era más que huesos y algo gelatinoso. Ya no quedaba nada de piel en aquella mano con la que había acariciado el rostro de Camila, antes de besarla por primera vez. Quiso gritar por ayuda, pero la voz ya no le salía. Comenzó a convulsionar. Aquella cosa se lo estaba tragando vivo. Sentía como si hubiese caído en ácido porque el ardor era absoluto. De un momento a otro creyó oír que los huesos de sus piernas sonaban al quebrarse. Después ya no las sintió más. Comenzó a sumergirse en el agua. Bajó la mirada y vio que estaba completamente cubierto por aquella cosa hasta el cuello. Lo último que pensó era que no quería morir, pero también extrañamente, recordó el pito de silencio (Nueve puntos separados en grupos de tres). Luego todo se volvió negro.

La gorra rosada quedó flotando en el agua.

Aquella mancha como la llamaron algunos, avanzó lentamente por el río hasta perderse en una curva. Horas más tarde llegaría hasta el sector que los lugareños conocían como «Las Compuertas» , donde quedaría deambulando.