Sucedió en el agua (cap. 4)

05.12.2018

Capítulo 4

La recolección

El verano del 87 yo tenía 17 años, y era del grupo de los primos mayores, junto con Silvana, Adolfo y Raúl. Aunque nos llevaban por dos años a Tomás y a mí. Roberto, Nicole y Carolina en cambio, eran los menores, entre 7 y 11 años. No recuerdo exactamente la edad que tenían entonces. Nos llevábamos bien. Éramos unidos pese a que solo nos reencontrábamos en las vacaciones. Aun así, nunca discutíamos y andábamos juntos para todos lados. Pero eso fue antes de aquel episodio. Hoy en día ni siquiera nos hablamos.

Ese verano nos pasaron varias cosas, antes de aquello que nos separó. Recuerdo que, durante toda una tarde, luego del almuerzo, decidimos recolectar leña con mis primos para que nuestros abuelos tuvieran lo suficiente durante el invierno, ya que según las noticias iba a ser muy duro. Y en el sur sí que llueve, no como en Santiago que ahora con suerte caen tres gotas.

Lo primero que hicimos fue ir recogiendo las ramas que se encontraban en el suelo, esparcidas por todo el sitio. Las fuimos apilando como piras para fogata. No me di ni cuenta cuando ya teníamos unas cinco piras de un alto de medio metro. Después se nos acabaron las ramas del suelo así que Adolfo que era el más aventurero, se le ocurrió subirse a un Roble, para así desde arriba, ir cortando las ramas más pequeñas y lanzarlas. Por si no lo conoces, un Roble es un árbol muy alto que puede medir hasta 40 metros. Pero su tronco mide unos dos metros a veces, hasta antes que empiecen las primeras ramas. Así que Adolfo no encontró nada mejor que lanzar primero una piedra amarrada a una cuerda hasta la primera rama. El primer intento fue fallido, el segundo logró que la piedra pasara hacia el otro lado. Se alegró tanto cuando la piedra pasó que se volteó a mirarnos e hizo una señal de júbilo, pero se le olvidó al muy tonto preocuparse de que la piedra se movería como péndulo y se le vino de pronto encima y le pegó en la nuca.

Roberto, Nicole y Carolina se cayeron al suelo de tanto reírse, mientras los más grandes le aplaudíamos a Adolfo por su estupidez. Pero él se hizo el valiente y ni chistó. Yo vi cuando levantó su mano para sobarse la cabeza, pero la bajó inmediatamente. La humillación al parecer había sido suficiente así que se contuvo. Soltó la piedra, tomó la cuerda y comenzó a escalar por el tronco de ese gran árbol. Se demoró unos dos minutos en llegar hasta la primera rama. Ahí se sentó un momento y nos saludó.

Mis primos chicos estaban fascinados con Adolfo. Para ellos, se trataba de un héroe por llegar hasta ese lugar.

Era chistoso ver a Adolfo allá arriba cortando las ramas que luego lanzaba al abismo. Mis primos chicos eran los más felices en ir por las ramas y luego apilarlas en otro sector. A ratos Adolfo nos pedía un cigarro y nosotros lo amarrábamos a una delgada cuerda que el dejaba caer primero, para luego recogerla con el cigarro enganchado. Así deben haber pasado unas dos horas. No recuerdo si nos dimos cuenta de que el viento había empezado a soplar más fuerte, pero cuando el árbol comenzó a tambalearse, entendimos que se estaba poniendo peligroso el que Adolfo siguiera allá arriba. Fue entonces que Tomás decidió tontamente ir por él. Todos sabíamos que era una imprudencia lo que estaba haciendo, pero aun así los dejamos. El Roble comenzó a balancearse de un lado a otro, cada vez con más fuerza y los nervios empezaron a apoderarse de los que estábamos en suelo firme. En un momento de reflexión Adolfo entendió que ya era tiempo de bajar.

- ¡No sigas! -dijo Adolfo. Gritó hacia abajo, poniendo sus dos manos en la boca para amplificar el sonido.

Pero mi hermano siguió subiendo a encontrarse con él. Desde abajo nosotros también le gritábamos que se detuviera, que era peligroso, pero Tomás siempre fue porfiado. Miró hacia abajo y nos saludó con una mano. Aún recuerdo de manera muy vívida cuando se le soltó la mano que lo sostenía de una rama. Lo vimos todo en detalle, Tomás intentado agarrarse con la otra mano y luego con ambas, las cuales resbalaron. Mi hermano cayó y dio un grito que no alcanzó a durar más de dos segundos. Otra rama no muy gruesa, interrumpió milagrosamente su caída, al quedar una de sus piernas atrapada. Sentimos el sonido de un hueso al romperse. Sonó igual que una rama seca al quebrarse. Todos gritamos y luego corrimos hacia el árbol. Debíamos bajar a Tomás, lo más rápido posible, antes que la rama cediera, y mi hermano cayera finalmente al suelo.

- ¡Aléjense del árbol! -dijo Adolfo-. ¡Yo bajaré por él!

Dudamos por un momento, pero entendimos que era lo mejor, así que retrocedimos y sólo nos quedó esperar.

Mi corazón saltaba. No recuerdo haber sentido tanto temor (Al menos hasta ese momento. Dos días más tarde todo sería muy distinto y cambiaría absolutamente de opinión). Empecé a temblar y sentí cómo se revolvía mi estómago. Observaba como Adolfo iba bajando con cuidado por entre las ramas, pero también lo hacía lo más rápido que podía. Debía llegar cuanto antes cerca de Tomás. Primero una rama, luego la otra, luego una más. Con cada segundo que pasaba se me venían imágenes de mi hermano cayendo desde esa altura, quebrándose la espalda, reventándose la cabeza o partiéndose otra pierna o un brazo. Lo que menos pasaba por mi mente, era un pensamiento positivo.

El viento se intensificó. Juro que escuché bramar al viento. Creí que incluso se había puesto de acuerdo con el árbol, y le hablaba, dando órdenes para lanzar a mi hermano al vacío.

Cuando la rama que sostenía a mi hermano terminó por quebrarse, mis piernas tambalearon. Sentí que me iba desmayar. Eran tan sólo unos segundos de caída al suelo y Tomás se rompería el cuello, pero Adolfo había alcanzado a tomarlo en el momento justo en que la rama cedía. Después no recuerdo muy bien lo que pasó, sólo que al final Tomás y Adolfo habían llegado al suelo, afirmándose de las ramas. Mi hermano cojeaba, pero al parecer no era tan grave. Más tarde nos enteraríamos de que sólo se trataba de una torcedura y no de una fractura, según lo que dijo el médico luego de hacerle una radiografía. Esa torcedura fue la que condenó a mi hermano. Si no hubiese tenido ese problema, habría podido nadar mejor...

Se había quedado varios segundos en silencio hasta que su esposa le habló para sacarlo de ese estado pensativo.

- Claramente eran muy aventureros tus veranos de infancia -dijo Maritza.

Cristóbal la miró a los ojos con ternura y tomó sus manos entre las suyas. Eran muy suaves. Era una de las tantas cosas que le fascinaban de ella. Le sonrió tristemente.

- Hace mucho que no contaba a nadie estas vivencias -dijo-. Creo que igual me hace bien, aunque me estoy desviando del tema principal.

- Tranquilo amor, tú mismo lo dijiste, es necesario que me cuentes todo. Tenemos mucho tiempo antes de llegar a nuestro destino.

Cristóbal pensó unos segundos en aquella palabra... destino. ¿Existiría acaso? ¿El destino estaba escrito para aquel verano? ¿O sólo fueron malas decisiones y el destino simplemente no existía? Aunque tal vez, el destino lo llevó a encontrar a la mujer de su vida, aquella que tenía en frente. Quizás el destino le había hecho perder a aquella joven que tanto amó años atrás y que no podía olvidar.

A unos cuantos vagones se escuchó el pitazo del ferrocarril en el que iban. Al mirar por la ventana, Cristóbal pudo ver que iban pasando por un sector poblado. De seguro el maquinista había tocado el pitazo para saludar a la gente del lugar. Algún abuelo que se dedicaba a observar todo el día los trenes que pasaban, sentado en su silla. O quizás algunos niños que jugaban a la pelota en una improvisada cancha de tierra y se habían detenido a saludar al tren.

Volvió a mirar a Maritza. Ella lo miraba compasivamente, esperando que él reanudara su historia. El recuerdo de la imagen de Amanda cayendo al agua volvió a atormentarlo. Miró hacia los asientos donde viajaban sus hijos, y luego nuevamente miró a los ojos a su esposa.

- Mis veranos eran muy entretenidos. Y como dices tú, estaban llenos de aventuras. Al menos hasta el año 87.

- Entonces sigue con tu relato, amor. Quiero entender qué es lo que hasta el día de hoy te pone tan tenso cuando estás cerca del mar, algún río o lago.

- Entonces continuaré...