Sucedió en el Agua (Cap.8)

18.03.2019

Capítulo 8

El Día Fatal

Maritza miró a través de la ventana del vagón. A lo lejos podía verse la carretera inter regional que unía todas las principales ciudades del país, desde Arica hasta Puerto Montt. Se veían pocos vehículos, pero los que pudo ver se dirigían todos hacia el sur. Ella también iba hacia el sur, con su familia, con su marido que aún guardaba parte de su secreto. La historia se ponía cada vez más extraña y aterradora. Ya no estaba segura de si quería seguir oyendo hasta el final. Un intenso malestar se estaba formando en la boca de su estómago. Pero Cristóbal se veía muy seguro de seguir contándola y si eso le servía para poder superar aquel trauma, debía dejar que siguiera su relato.

Tomó su vaso y bebió el poco de café que le quedaba.

- Sería bueno que les lleváramos las cosas a los niños

- ¿Segura?

- Sí porque si no se les va a helar.

Cristóbal la quedó mirando unos segundos y luego sonrió como si algo le divirtiera.

- No creo que les importe, si al final siempre les echan agua helada a las bebidas calientes.

Maritza le devolvió la sonrisa. Su marido tenía razón, pero insistió en regresar a sus asientos.

Caminaron zigzagueando por el pasillo del vagón, siempre al ritmo del movimiento del tren, hasta que finalmente llegaron a sus lugares y se sentaron. Entregaron el pedido a sus hijos.

Maritza vio de reojo que Cristóbal se acomodaba en su asiento como si estuviera dispuesto a dormir.

- ¿No vas a seguir contándome la historia?

- No creo amor. Me siento cansado, prefiero que lleguemos a la casa y ahí continuaré. Quizás el estar en aquel lugar, me haga recordar más y te pueda describir con más detalle lo que ocurrió.

- Pero...

Cristóbal la miró con un ojo cerrado y el otro abierto luego estalló en carcajadas.

- Naaaaa, mentira. Es broma, siéntate y terminaré de contarte lo sucedido. Por fin sabrás lo que nos pasó aquel verano.

Maritza se acomodó en su asiento y le tomó la mano a su marido. Se veía nervioso, pero no dudó en reanudar su relato...

* * *

No sé si el destino existe. Tal vez sí, porque no me explico de qué forma se fue confabulando todo aquel verano para que nuestras vidas se fueran al carajo y ese día terminara en una terrible tragedia. Vamos por parte, lo mejor es enunciar cada punto que influyó en esto:

  • Mi hermano sufrió aquel accidente arriba del árbol y pese a ser el tercer mejor nadador (luego de Adolfo y de mí), su tobillo en mal estado le impidió nadar bien cuando cayó al agua intentando salvarnos.
  • Siempre, siempre. Desde que tengo memoria, nos habíamos retirado de Las Compuertas rumbo a la casa de mi abuela, cuando el sol se comenzaba a meter detrás del cerro. Pero ese día algunos de mis primos fueron a sacar melones de una plantación aledaña y eso nos atrasó.
  • Mis tíos nos acompañarían ese día, pero mi abuela les pidió que la llevaran por favor a la ciudad, para hacer un trámite. Tal vez en presencia de ellos, mis primos no habrían ido a la plantación y por lo tanto...
  • Amanda nunca me quiso acompañar a Las Compuertas cuando iba con mis primos, y yo nunca le insistí. Pero esa mañana nació de ella ir con nosotros.

Amanda Lazcano era una joven preciosa. La quise mucho. Aún Recuerdo sus ojos color miel que proyectaban un aire angelical a través de su mirada. Estaba llena de vida. Era muy tierna y cariñosa. Había nacido en el campo y tal vez eso era lo que más me gustaba de ella, que no estaba contaminada con los prejuicios y las malas costumbres de la ciudad. Eso la llevaba a ser bondadosa y ver siempre el lado amable de las personas (siempre el vaso medio lleno, como decía mi papá).

La noche en que la conocí el aire estaban cálido. Aún cuando cierro mis ojos para imaginar ese momento, también se viene a mi mente el bullicio que había alrededor cuando la ví por primera vez.

Yo había cenado como de costumbre antes de poder salir a la plaza con mis primos. Ese ritual era sagrado, primero debíamos bañarnos y luego cenar (casi siempre era sopa acompañada de pan amasado). Sólo entonces podíamos ir a la plaza hasta las diez de la noche. La rutina era la misma. Llegábamos a la plaza y comenzábamos a dar vueltas por alrededor, mientras ponían música de fondo (los hit del verano).

Nuestra abuela nos obligaba a regresar temprano. Las once y media era el tope máximo. Cuando llegábamos simplemente nos acostábamos a dormir y así al otro día empezar una nueva jornada de verano.

La tarde en que conocí a Amanda fue distinta la rutina. Ese día al llegar la plaza nos dimos cuenta que habían varios locales instalados alrededor de la plaza y la gente se paseaba mirando lo que vendían. Muchos eran de comida rápida pero varios de ellos eran locales de juegos. Estaban los gatos porfiados, achúntele a la botella con la argolla, tiro al blanco, la pesca milagrosa, la lotería, entre otros. Yo decidí participar en los gatos porfiados y cuando la joven que atendía el local me pasó las pelotas con las que debía golpear los gatos (y que estaban confeccionadas con pantis), la quedé mirando a los ojos y ella también me miró. Sentí que el corazón se me aceleraba. Ambos sonreímos. Era muy hermosa, con su pelo largo casi hasta la cintura, su piel morena y ojos claros. Me sentí flechado y a la vez motivado porque lancé las pelotas una a una con mucha precisión y fuerza. Los gatos fueron cayendo uno a uno casi como haciéndome un favor para quedar bien frente a la joven. Juro que yo veía cómo cada gato me cerraban un ojo cuando iba de cabeza al suelo en cámara lenta. En segundos todos los gatos estaban tirados en la tierra.

- ¡Bravo! -escuché que alguien gritaba y al desviar mi vista vi que era la joven que atendía el local, y que además estaba aplaudiendo- ¡Muy buena puntería!

- ¿Qué me gané?

Había hecho el mayor de mis esfuerzos para poner la voz más grave. Ella se acercó lentamente sin despegarme la mirada y me pasó un elefante de peluche.

- Te has ganado esto y un beso de mi parte.

Me besó en la mejilla y yo sentí como si mis piernas se desvanecían. Sin embargo, tuve la valentía para ser un poco más atrevido.

- Te cambio el elefante por un beso en los labios.

Ella retrocedió un paso y enarcó las cejas. Me di cuenta de que me había sobrepasado. Pero ella hizo algo que me enamoró. Se acercó nuevamente a mí. Me tapó los ojos con una mano y luego posó muy dulce sus labios sobre los míos. Quizás fueron tres segundos, pero yo sentí que era una eternidad. Cuando se alejó estaba sonriendo.

Acababa de ser flechado.

- ¿Cómo te llamas?

- Amanda

- Yo soy Cristóbal y me acabas de hacer el joven más feliz de este mundo.

Comenzamos a salir aquel verano y así pasamos dos años juntos. Pololeando durante la época estival y durante el año nos comunicábamos por carta (tal vez no es necesario aclararlo pero en ese tiempo no había smartphone con Whatsapp). Fuimos muy felices, hasta el verano del 87.

Aquella mañana fatídica, salí a recibir la leche que pasaba a dejar todos los días un lechero de la zona y que conducía una carreta tirada por bueyes. Al mirar hacia el puente pude ver que Amanda venía atravesándolo en su bicicleta. Se acercó a mi y me saludó con un beso, luego esperó que yo recibiera la leche y pagara. Una vez que la carreta comenzó a alejarse, me señaló que tenía ganas de ir a Las Compuertas así que iría por primera vez con nosotros.

- Quise venir temprano para avisarte y así me esperen. Lo Bueno es que me ahorraste el llamar a la puerta.

- Justo hoy me tocó salir a buscar la leche

- Ja. Ya mi ternerito, nos vemos después de almuerzo.

Me dio un beso y vi cómo Amanda se subía a la bicicleta y empezaba a alejarse, pero de pronto se detuvo y giró a mirarme.

- ¡Voy a llevar pastel de choclo que hice por primera vez con mi mamá, para que lo pruebes! -había gritado usando sus manos de altavoz.

- Que rico -le respondí yo y luego le lancé un beso.

Sólo entonces recordé al lechero. Aún esperaba que yo le pagara, así que lo hice y me despedí.

- Hasta mañana ternerito -dijo él y se marchó, riendo.

Eran las tres y media en punto, cuando llegamos aquella tarde a las compuertas luego de nuestro tradicional recorrido cruzando alambrados y cercas. La jornada transcurrió normal. Lo pasamos muy bien. Nos reímos por montón. Hicimos competencia de nado y como siempre ganó Adolfo. No había caso con él, por más que lo intentara, siempre yo quedaba en segundo lugar. También aprovechamos para dar lecciones de nado a nuestros primos menores. Amanda llevó un bote inflable, pero se le quedaron los remos así que nos turnábamos para usarlo y remábamos con las manos para poder avanzar.

A media tarde probamos el pastel de choclo que había preparado Amanda y debo reconocer que estaba espectacular. Aún hoy, que han pasado tantos años, puedo sentir el gusto en mi boca. Y no es porque lo haya preparado ella. Sólo puedo insistir y asegurar que es el mejor pastel de choclo que probé en mi vida, hasta ahora. Ningún otro lo ha superado. La textura suave de la crema del choclo, con su cubierta perfectamente dorada. El pino muy bien sazonado y el pollo en su justa cocción. Puede sonar falso lo que digo, pero es verdad que nunca probé otro igual.

La tarde fue genial sin duda, al menos hasta antes de lo que ocurrió después. Por ningún motivo podríamos habernos imaginado lo que nos deparaba el destino al caer la tarde.

Nunca miré la hora. Fui un imbécil porque nunca tomé mi reloj para mirarlo. Sólo se me olvidó y por eso me siento tan culpable hasta el día de hoy. Adolfo y Silvana, dos de mis primos mayores quisieron ir a sacar choclos en una plantación que estaba del otro lado del lugar por el que siempre llegábamos a las compuertas y se llevaron como ayudante a dos de los más pequeños: Carolina y Roberto. Así que nos quedamos Tomás, Amanda, Raúl, la pequeña Nicole y yo.

Cuando te has divertido tanto se te pasa el tiempo volando y ni siquiera me percaté que el sol comenzaba a ocultarse tras de los árboles, lo que indicaba que ya eran las ocho de la tarde.

Nicole había pedido dar una última vuelta más en el bote con Amanda, así que se encontraban alejadas de la orilla cuando vi de reojo moverse algo sobre el agua. Apareció de pronto, justo por donde el embalse daba una vuelta y se perdía de vista tras los árboles. Al fijar mi vista hacia aquel sector no pude ver nada concreto. Comprendí que era mi imaginación la que me había gastado una broma.

Raúl encendió un cigarro, se acercó a mí y me ofreció uno, pero lo rechacé. No debo haberle respondido bien porque entendió que algo andaba mal conmigo.

- ¿Qué ocurre?

- No sé -dije-, me pareció ver algo sobre el agua haya en la curva.

Raúl se paró, miró hacia el sector que indicaba mi dedo índice y se concentró para ver mejor.

- Puede ser. Veo algo, pero no logro distinguir bien. Me parece como si fuera...

Cuando se quedó callado sentí que se me cortaba la respiración. Sus ojos se abrieron mucho más.

- Es... es como si fuera una bolsa flotando.

Nuestros rostros deben haber cambiado de pronto porque al acercarse Tomás con sus muletas y mirarnos, su rostro también se desfiguró del susto.

- ¿Qué les pasa? Parece que hubieran visto un fantasma.

Tragué saliva y recordé al abuelo. Mi respiración se aceleró en un dos por tres. Me paré y sólo entonces me di cuenta de que el sol se había ocultado tras los árboles. Saqué mi reloj.

- ¡Mierda son las ocho! -miré hacia donde se encontraban Amanda y Nicole y les grité con desesperación- ¡Amanda regresa rápido, apúrate! ¡Debes salir del agua!

- ¿Pero que pasa? -volvió a preguntar Tomás.

- ¡Es el cuero! ¡El cuero! ¡Está por allá!

Tomás hizo un gesto casi a punto de estallar en carcajadas, pero cuando miró hacia el agua, comprendió que no jugábamos con él.

No sé si Amanda entendió lo que le decía o se fijó en mis gritos combinados con los movimientos de mis brazos llenos de desesperación. Vi que comenzaba a remar con sus manos hacia donde nos encontrábamos Raúl y yo.

Mi corazón se paralizó al distinguir completamente aquella forma sobre el agua, parecía una combinación de cosas: un cuero, una bolsa, una mancha. Daba lo mismo lo que fuera, se estaba moviendo directamente hacia donde se encontraba el bote y pese a todo el esfuerzo que ponía Amanda, no avanzaba tan rápido.

La desesperación se apoderó de mí. Me tomé el pelo intentado pensar en algo, pero sólo se me ocurría que dependía de Amanda. Debía remar con sus manos lo más rápido posible, pero aquella cosa también se movía con cierta velocidad. Desde nos encontrábamos podíamos ver que los separaba muy poca distancia. Entonces sólo tomé la decisión y me lancé al agua.

Tenía muy claro que yo nadaba rápido, no tanto como Adolfo, pero debía intentar llegar al bote antes que aquella cosa. Sentía que mis brazos y piernas se iban cansando demasiado pronto. Eso era extraño. Mi mente trató de encontrarle una explicación. Quizás mi desesperación me hacía respirar mal y trataba de avanzar a una velocidad mayor a la que estaba acostumbrado. Sí, esa era la razón. Me convencí de ello hasta que en un instante fugaz recordé que habíamos realizado competencias de nado casi toda la tarde. ¡Por eso estaba tan cansado!

Al mirar por sobre el agua pude ver que la criatura estaba acercándose cada vez más al bote. Unos segundos más y lo rozaría. Entonces sólo se me ocurrió gritar lo más fuerte posible. Con mis brazos azoté el agua para causar más ruido, y logré que la cosa pusiera toda su atención en mí. Avanzó rápidamente por el agua y se fue acercando hasta el lugar en el que me encontraba.

Nunca le tuve miedo a la muerte, porque siempre estuve convencido de que sólo era dejar de ser, de sentir. Estaba preparado para eso. Pero al recordar las palabras de mi abuelo tuve en sentimiento de terror absoluto, no a morir, pero sí a la forma en que moriría. Aquella cosa me envolvería y me retorcería los huesos, extrayendo mi sangre, absorbiendo mi piel, tragándome por completo. En ese momento no creí que fuera algo bonito de experimentar así que sólo me entregué a mi suerte y cerré mis ojos a esperar.

El dolor en mi pierna comenzó de manera lenta y fue creciendo segundo a segundo hasta sentir que mi músculo de la pantorrilla se contraía muy fuerte. No pude aguantar más y salió un grito de mi boca. Abrí los ojos y vi que aquella cosa aún no llegaba a mí. El dolor me lo estaba provocando un calambre. Si no moría devorado, moriría ahogado.

El ruido de un chapuzón a mi espalda me obligó a voltear para poder mirar. Vi con sorpresa que Raúl y Tomás se habían lanzado al agua.

- ¡No Tomás!

Su nado sería malísimo con esa pierna dañada, pero igual se había lanzado a salvarnos y quizás el ruido de mi hermano y primo al caer al agua me salvaron la vida, porque la cosa desvió su camino y fue directo a ellos. Ambos comenzaron a devolverse hacia el sector de la pequeña compuerta que siempre permanecía abierta. Entendí cual era su plan, se dejarían arrastrar por la corriente para que los sacara rápidamente de ahí. Si el cuero era inteligente no los seguiría a través de la corriente. La historia señalaba que siempre permanecía en aguas más quietas o estancadas.

El horror se apoderó nuevamente de mi al ver que Raúl llegaba a la corriente y era arrastrado, pero a mi hermano le faltaba mucha distancia para llegar ahí. El cuero estaba a punto de alcanzarlo.

- ¡Apúrate Tomás!

Mi hermano giró para mirarme y nuestras miradas se encontraron, o eso pensé yo. Pude ver en su rostro que se había rendido, estaba cansado y no quería seguir nadando, sólo esperó. Fue el último momento en que lo vi con vida.

A la distancia contemplé que aquella cosa lo envolvía hasta hacerlo desaparecer. En un instante mi hermano Tomás ya no existía. Por unos segundos vi que entre la mancha se elevaba un brazo. Pero ya no era normal, sólo se trataba de un hueso largo como los maniquíes de la escuela con los que explican cómo es el esqueleto. Pero éste se encontraba recubierto con pedazos de piel mezclada con una algo gelatinoso de color rojo. Lo que quedaba de brazo desapareció otra vez. Mi hermano no volvió a salir a la superficie.

Rompí en llanto. No podía creer lo que estaba ocurriendo. Los segundos avanzaron y decidí quedarme ahí, flotando, esperando despertar de aquella espantosa pesadilla.

- ¡Ven acá Cristóbal!

El grito de Amanda me sacó de aquel estado de letargo en el que había caído por unos segundos y pude ver de frente que aquella cosa ya venía por mí. No le bastaba mi hermano, necesitaba más. Nadé hacia el bote y Amanda intentó ayudarme para subir a él, pero resbalé. Tragué agua en mi desesperación. Me aferré nuevamente a la pared del bote. Vi de reojo que mi prima Nicole lloraba con desesperación. Amanda se inclinó sin pensarlo mucho y me tomó por los pantalones. Luego se lanzó hacia atrás y ambos caímos al interior del bote. Sólo segundos después el cuero llegó hasta nosotros. Nos quedamos ahí sentados los tres, calmando la respiración y pensando como saldríamos de aquella situación.

- ¿No puede derretir el bote verdad?

- Tranquila. No puede hacer eso -miré a mi prima y forcé una sonrisa para calmarla-. Vamos a estar bien aquí.

- Lo que sí puede es tratar de dar vuelta el bote

Amanda había dicho aquello con tal convicción que sentí se me paralizaba el corazón.

- ¿En serio puede?

- No, eso no pasará -respondí al ver la cara de terror de Nicole. Luego lancé una mirada de reprimenda a Amanda. Ella alzó los hombros.

- Lo siento, estoy nerviosa.

Los tres temblábamos. La temperatura estaba bajando y nuestros cuerpos seguían mojados. Miré hacia el agua y el cuero seguía pegado al bote, como un fiel escolta. No tenía idea de cuántos minutos habían pasado. Se me pasó por la cabeza que tal vez pronto regresarían mis otros primos y verían lo que sucedía. Ellos podían salvarnos. La pregunta era cómo. Pero si Amanda tenía razón y la criatura intentaba dar vuelta el bote y lanzarnos al agua, no teníamos mucho tiempo.

Intenté sacar mi brazo por el lado contrario al cual se encontraba el cuero. Mi idea era remar hacia la orilla, pero la cosa se movió muy rápido hacia donde me encontraba. Levanté el brazo y entendí que nos tenía atrapado. No nos dejaría salir del agua.

-Tengo frío -dijo Nicole.

- Ya nos ire...

No alcancé a terminar la frase. El repentino golpe nos desestabilizó. Con horror vi que Nicole caía por una de las orillas. Alcancé a tomarla de un brazo para sostenerla. Eso evitó que cayera y quedaba colgando del bote. La cosa se movió hacia ella dispuesta a atacar. Mi prima era pequeña, no demoraría nada en acabarla. Entonces sucedió lo que hasta el día de hoy no logro perdonarme por dejar que pasara.

- ¡Sólo hay una cosa por hacer! -gritó Amanda a mi espalda. La miré de reojo y me sonrió-. ¡Sólo tienes una oportunidad para salir de aquí!

- ¡Qué vas a hacer!

- ¡Salvarnos!

- ¡No Amanda no lo hagas!

- ¡Te amo!

Eso fue lo último que dijo. Se lanzó al agua y comenzó a nadar lejos. El cuero se movió y avanzó directo hacia ella. Aproveché el momento, subí a Nicole al bote y comencé a remar con mis brazos hacia la orilla del embalse. Mis ojos estaban llenos de lágrimas cuando sentí los gritos de Amanda. No tuve el valor para mirar hacia atrás, sólo pensaba en no dejar que su esfuerzo fuera en vano, por lo que remé con más intensidad para salvar a mi prima.

Llegamos a la orilla y salimos del bote. Miré hacia el agua y Amanda ya no estaba. El cuero avanzaba hacia una curva desapareciendo de la vista.

Minutos después aparecieron mis primos. Al ver que sólo estábamos Nicole y yo abrazados, preguntaron qué había pasado. Los quedé mirando y rompí en llanto.