Sucedió en el agua (cap. 2)

26.11.2018

Capítulo 2

CRISTÓBAL (I)

Vuelve a tomar su mano. Es necesario un último esfuerzo para sacarla. Aquella aterradora cosa puede volver en cualquier momento, pues claramente su energía... y hambre, es inagotable.

Si tan solo hubiesen obedecido las recomendaciones. Si al menos hubiesen creído las historias que se contaban, no estarían a punto de morir. Su corazón está a punto de estallar. La adrenalina le ha subido al tope. En una rápida mirada observa hacia uno y otro lado del lago. No se ve nada. Los demás se han salvado, pero su novia aún no. Pero no puede morir, no ella. Por eso debe aguantar un poco más, tan solo un poco más, pero es inevitable. Ella resbala, sus manos están mojadas y es difícil sostenerla. Cae al agua nuevamente.

- ¡No! ¡Por favor aguanta, vuelve a subir! -Le grita con todas sus fuerzas.

Ve como ella lo observa aterrada. El rostro desencajado de desesperacion. Sus lágrimas se confunden en su cara mojada. Pero aun así y en esa situación, no pierde su belleza. Siempre ha sido hermosa, por eso se sintió atraído. Ella da manotazos, una y otra vez sobre el agua, intentando acercarse nuevamente al muelle. Lo logra con dificultad, hasta que se afirma de uno de los pilares.

Todo pasa lentamente. El decide recostarse sobre el muelle y así acercarse más a ella. Extiende sus brazos. Con sus dos manos sujeta las de ella y en un rápido impulso intenta subirla.

Aquel ser, aparece repentinamente. La abraza y se la arrebata de las manos, la envuelve sumergiéndola en las profundidades del lago. Decide entonces lanzarse al agua para rescatarla, pero aquella cosa sale a la superficie, se lanza sobre él y todo se oscurece.

- Nooo! -grita por última vez.


- ¡Nooo!

Cristóbal Andrade despertó súbitamente con un grito. Una mano familiar pasó sobre su rostro. Miro hacia el lado y vio que Maritza, su esposa, lo acariciaba con ternura, pero en su rostro había preocupación.

- ¿Estás bien?

Tragó saliva. Miró nuevamente a Maritza y luego observó la posición en que se encontraba él. Estaba sentado, pero de lado, con su mano izquierda en la entrepierna. Su brazo derecho le rodeaba el cuello (como queriendo asfixiarse él mismo). Su mano sobre el hombro. No era la mejor posición para dormir. Pestañeó varias veces. Se acomodó en su asiento y tragó saliva nuevamente. Intentó despertar del todo. Sintió que su cuerpo temblaba. Se había quedado dormido sin darse cuenta y luego sus apacibles sueños se habían transformado en aquella pesadilla, alimentada por los recuerdos de su subconsciente.

Sintió que su asiento se movía con un leve vaivén, y sólo entonces recordó que viajaban en tren rumbo al sur.

- Si -dijo-. Estoy bien -Intentó parecer calmado, pero su mirada lo traicionaba como siempre. Era muy difícil mentirle a Maritza sin que lo descubriera. Por eso siempre ella le gana en el póker y en el dominó-. Sólo tuve un muy mal sueño, pero nada tan grave.

Cristóbal vio de reojo a la joven que viajaba en el asiento del otro lado del pasillo. Le recordó a Amanda, su gran amor de juventud. Se estremeció.

El sonido de la sirena del ferrocarril lo arrancó de su pensamiento y lo trajo rápidamente de regreso junto a su esposa. Ella le regaló una sonrisa. Estaba claro que no le creía el que estuviera bien.

- Aquel mal sueño ¿Tenía relación con el agua, o alguna laguna?

¡Ahí está! Su esposa ya lo había descubierto, se había demorado menos de un minuto en descubrir que él había tenido una pesadilla relacionada con su gran miedo al agua.

- No hay caso contigo, amor -Se sentía derrotado una vez más en el juego de las mentiras-. Siempre me pillas cuando oculto alguna cosita.

- Tu eres el que no sabe mentir.

Ambos rieron al unísono. Cristóbal le tomó las manos y le dio un beso en la frente. La amaba por sobre todas las cosas. Pero tenía muy claro que nunca sentiría más por ella, que el amor que tuvo por Amanda. Cruel, pero cierto.

- Si, se trataba de un lago.

- Ya me lo suponía. Me di cuenta de que te movías de un lado a otro mientras soñabas. Supuse que era una de tus pesadillas recurrentes.

Cristóbal suspiró.

- Pero estoy bien -Acomodó su cabeza en el hombro de su esposa-. Quédate tranquila.

El sonido del tren en el que se encontraban viajando era constante, y llegaba a ser casi relajante (tal vez por eso hasta en YouTube existían sonidos de tren para la gente que le gustaba dormirse imaginando que iban viajando).

Miró hacia los asientos que estaban frente a él, pasando la mesa que los separaba. Sus hijos no se habían dado cuenta de su pesadilla.

Matías tenía los ojos cerrados y escuchaba música. Lucy en cambio estaba sentada de lado y dormía. Eran su razón de vivir, desde que Matías, con diecisiete años (el mayor), había llegado a este mundo. Era un joven excepcional, amante de la batería y la guitarra eléctrica, con un talento único. Lo llenaba de orgullo. Y por otro lado estaba su princesa, Lucy, de catorce años, amante indiscutible de los gatos y los animales en general. Sin embargo, su debilidad absoluta estaba en "los cuchitos", como solía decirles ella. Ya tenían siete en la casa, y era sólo porque cada vez que Lucy encontraba un gatito callejero, quería rescatarlo y llevárselo inmediatamente. Incluso ya les había señalado que estudiaría veterinaria cuando grande. Al menos ellos como padres, no se lo impedirían. La creencia tanto de su esposa como la de él, era que los niños debían ser lo que quisieran, mientras los hiciera feliz.

- Creo que es hora de que me cuentes la verdad -dijo sin preámbulo Maritza-. No es verdad que estuviste a punto de ahogarte y que tu polola falleció intentando rescatarte ¿Cierto?

Cristóbal la miró casi con vergüenza. Su esposa merecía la verdad, por más que le aterrara contar lo sucedido.

- Tal vez no me creas -dijo

- O tal vez sí.

Cristóbal se acomodó de mejor forma en el asiento. Eran muchos años de mentir respecto a su historia. Quizás había llegado el momento de contar la verdad. Después de todo no era culpable de lo sucedido... en parte al menos (Aunque su familia pensara lo contrario). Además, podía servirle de terapia previa, considerando que iban viajando precisamente al lugar donde ocurrieron los hechos. Cerró los ojos y pudo sentir nuevamente los gritos de Amanda (su novia en ese entonces), y también vio aquella cosa. Volvió a abrir los ojos y vio el rostro dulce de su mujer. Debía contarle la verdad de una vez por todas.

El día anterior había recibido una llamada de su prima. Estaban cenando cuando sonó su teléfono móvil. Se había parado y caminado a la mesa de la sala de estar donde lo había dejado (Había una regla en la casa, y era que, al momento de comer en familia, todos los teléfonos se quedaban en la sala de estar, en una cajita especial para ello). Tomó el teléfono y contestó sin imaginar lo que aquella llamada le significaría.

Tomó el teléfono. En la pantalla señalaba las 18:50 hrs. Quien lo estaba llamando era su prima, Silvana.

- Hola primito -había dicho ella, como cada vez que le hablaba. Pero en ese momento fue distinto, y él lo supo inmediatamente. Algo en la voz de Silvana no andaba bien. La saludó y le preguntó cómo estaba y pese a que un principio ella señaló que bien, luego corrigió lo dicho.

- En realidad más o menos, Cristóbal. Tu padre está agonizando. Pidió ubicarte porque quiere verte antes...

Se produjo un breve silencio en la línea telefónica. Lo suficiente para que él se angustiara y mirara a Maritza que ya se acercaba donde él. En su cara también había preocupación.

- Tu papá va a morir en cualquier momento -dijo Silvana. Su voz se quebró inmediatamente -. Debes venir cuanto antes.

Su prima dijo varias cosas más, pero él ya no escuchaba. Sintió que sus ojos se humedecieron. Una serie de sentimientos encontrados lo invadieron. Luego el recuerdo del distanciamiento.

- Dile que aguante. Mañana mismo salgo para allá.

El recuerdo de esa llamada lo quebró un poco. Su padre nunca quiso perdonarlo por lo que sucedió ese verano (algo injusto porque no había nada que perdonar), y desde entonces se distanciaron y nunca volvieron a hablarse. El único adulto que supo la verdad absoluta fue su abuelo ya fallecido. Y se había llevado el secreto a la tumba, como lo prometió.

Cristóbal miró a su esposa a los ojos y tomó aire para hablar:

- Para contarte todo -comenzó diciendo-, primero debo contarte cómo eran mis veranos...