Sucedió en el agua (cap. 5)

11.12.2018

Capítulo 5

Las Compuertas I

No sé si cualquiera que escucha el nombre de «Las compuertas», se podrá imaginar de buenas a primeras de qué se trata. Cuando yo las conocí debo haber tenido unos nueve o diez años, y las encontré gigantes, pero cuando fui creciendo mi percepción fue cambiando y ya no las encontraba tan inmensas. En aquel lugar pasábamos los mejores momentos y ahí también fue donde aprendí a nadar, y de qué forma.

Las compuertas eran, o, mejor dicho, son (porque aún existen) una especie de puertas de fierro entre gruesos pilares de concreto, que estancan el agua y permiten distribuirla hacia diversos sectores del pueblo. Debes imaginarte la estructura como una especie de represa, pero en bastante menor escala.

Mi recuerdo es que estas compuertas eran seis y que cada una tenía arriba una especie de rueda giratoria que la utilizaban para abrir cada compuerta. Para eso se requería de varias personas tomando esta rueda para hacerla girar.

Comúnmente siempre tenían una compuerta abierta y por ahí salía el agua con fuerza hacia una canal que iba alimentando canales de regadío para las plantaciones aledañas.

Dado que las compuertas estancaban mucha agua del río, éste se transformaba en un pequeño embalse en el cual solíamos ir a nadar. A veces jugábamos a quien aguantaba más tiempo en afirmarse de la compuerta abierta, evitando que te succionara la presión del agua. Siempre ganaba Adolfo, aunque tiene un poco de lógica ya que era el mayor. Se sostenía fuertemente y cuando ya calculaba que había superado el tiempo de los demás se soltaba y salía disparado por el canal y lograba salir como a unos dos kilómetros de distancia. Lo simpático era que terminó inventando unas sandalias con hojas para poder volver caminando y no tener que quemarse los pies o ensartarse alguna espina. Las sandalias consistían en una hojas grandes y suaves. Se ponía dos en cada planta del pie y luego se las amarraba con otras hojas que eran muy delgadas y firmes. Parecían como de cáñamo y les daba vuelta por todo el pie para que quedaran bien sujetas las otras hojas.

Pasábamos toda la tarde en ese lugar, nadando, jugando, comiendo las frutas que llevábamos que comúnmente eran sandías y melones, además de los panes amasados con queso que nos preparaba nuestra abuela. Era genial aquel lugar.

Llegar a las compuertas también era toda una aventura. Almorzábamos en la casona y luego de reposar una media hora (Nuestra abuela nos obligaba a reposar. Eran otros tiempos) y luego partíamos rumbo a las compuertas con nuestros bolsos con fruta y pan.

El trayecto consistía en ir por varios caminos de tierra, además de cruzar unos cuantos alambrados y pasar por una zona llena de arbustos. Mientras caminábamos, siempre los primos mayores llevaban de la mano a los más pequeños.

El viaje demoraba unos cuarenta y cinco minutos aproximadamente, siempre y cuando no nos enfrentáramos a algún imprevisto, como esa terrible vez en que a mi prima se le ocurrió ir vestida de rojo.

Generalmente las personas creen en aquel hecho de que, si le muestras algo de color rojo a un toro, él te saldrá persiguiendo con furia. Bueno, yo hasta el día de hoy no lo creo, pero lo que sucedió en esa oportunidad demostraba lo contrario.

Ese día Silvana vestía un lindo vestido de color rojo intenso. No llevaba a nadie de la mano, por lo que su caminar era más rápido que el del resto. Nadie se dio cuenta, ni siquiera ella, de que de un momento a otro se adelantó mucho del grupo. El problema de aquella situación es que iba caminando con la vista hacia el suelo, directamente hacia un toro. Cuando levantó la vista se quedó paralizada. El animal estaba a unos diez metros y la estaba mirando fijamente.

Cuando me di cuenta de hacia donde se dirigía mi prima, me desesperé así que le grité impulsivamente.

- ¡Corre Silvana!

Fue un gran error de mi parte.

Ahora después de tantos años comprendo que el error fue mío. Lo descubrí al ver un programa de televisión donde una especie de «cazadores de mitos» comprobó que es falso el que los toros ataquen el color rojo.

Los protagonistas de aquel programa, se dieron el trabajo de construir una serie de muñecos o «matadores falsos» y vestir a cada uno con atuendos de 3 colores: rojo, blanco y azul. Luego, colocaron los muñecos en una jaula y soltaron un gran toro para comprobar si éste realmente podía sentir algo por el color rojo en particular. Los resultados de aquel estudio fueron bien claros, el mito es falso. El toro acometió con la misma fuerza y tremenda ferocidad contra los 3 muñecos exactamente de la misma manera, incluso cuando los tres colores se mezclaron. Con un sistema de control remoto, el equipo también demostró que, en realidad, el animal se mostró más activo cuando los muñecos eran movilizados.

Lo que llama la atención de los toros es el movimiento, no el color rojo. Por eso fue un error gritarle a Silvana. Porque ella tras mi grito decidió huir del lugar.

En ese momento sentí que la respiración se me cortaba. El toro hizo un extraño ruido que hasta hoy recuerdo y se preparó para atacar.

A la distancia vi que Silvana tomaba una bocanada de aire, daba media vuelta y emprendía la carrera. El toro decidió tomar un papel de villano y en una fracción de segundo comenzó a correr directamente hacia donde se encontraba mi prima.

El miedo se apoderó de todos nosotros. Tomé a mi primo menor y lo hice saltar la cerca que teníamos a mano izquierda. Inmediatamente todos los demás comenzamos a pasarnos hacia el otro lado, mientras seguíamos gritándole a Silvana que corriera más rápido. Ella no podía pasarse hacia el otro lado porque estaba lleno de zarzamora y debía avanzar al menos unos veinte metros para llegar a la zona de la cerca. En un momento miró hacia atrás sin parar de correr, sólo para comprobar que el toro seguía corriendo cada vez más rápido. Se había acercado mucho a ella. No recuerdo cuántos «Ave María» recé ni cuántos garabatos lancé ente rezo y rezo, suplicando que no le pasara nada a Silvana.

En un momento estuve seguro de que el toro mataría a mi prima. Fueron tan sólo unos poquitos metros los que separaron a Silvana de una tragedia.

Llegó a la cerca y logró pasar por entre los palos en el momento justo en que el toro ya intentaba cornearla (Más tarde diría que sintió la respiración del toro en su espalda). Cayó al suelo de cabeza y entre todos ayudamos a pararla sin dejar de reírnos. Claro, una vez que el miedo había pasado.

Bueno, desde esa vez que mi prima ya no usa el color rojo. Claramente quedó un poco traumada con lo vivido.

Es así como vivíamos muchas aventuras, verano tras verano. Pero volviendo al trayecto que recorríamos para llegar a Las Compuertas, finalmente luego de unos cuarenta o cuarenta y cinco minutos, llegábamos al camino que iba directamente a aquel lugar y que estaba paralelo a un canal (por el que salía mi primo después de que el agua se lo llevaba, tras el juego de quien resistía más). Caminábamos por la orilla del canal hasta que el camino se terminaba y se transformaba en un pequeño sendero que en algún momento se convertía en un caminito de concreto que iba cobrando altura y en el cual debíamos hacer equilibrio y seguir caminando porque se transformaba en una muralla de concreto que era parte de las compuertas. Su ancho no debía ser más de 40 centímetros. Debíamos caminar concentrados y con mucho cuidado porque si perdíamos el equilibrio y caíamos hacia la derecha, íbamos directo al agua. Lo complicado era si caíamos a la izquierda, porque de ese lado no había agua. Había una altura de unos cuatro metros hasta el suelo, que se encontraba lleno de piedras. Si no te matabas por el golpe, de seguro quedabas tetrapléjico o algo parecido.

Allí pasábamos la tarde. Los más grandes nadábamos y nos turnábamos para cuidar a los más pequeños que no sabían nadar y jugaban al otro lado de las compuertas que contenían el agua, chapoteando en unas pozas.

Aprovechábamos de fumar, ya que no había un adulto que nos controlara y luego nos tocaba sobornar a nuestros primos menores para que no fueran a contarle a nuestros padres. Hasta el día de hoy aquel recuerdo es genial.